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Recuerdos y desafíos en el Día de la Mujer

Columna de la presidenta del Partido por la Dignidad, María Olivia Mönckeberg, en El Desconcierto


Llamamos a marchar hoy, en este 8 de marzo tan especial. Lo hacemos por los derechos de las mujeres, por la igualdad de género, por la dignidad de todas y todos, y por lograr elaborar una Nueva Constitución que nos ayude a romper las amarras que nos impusieron en dictadura y cuyas consecuencias persisten hasta hoy.



Llega un nuevo 8 de marzo, llega en un momento tan particular, después del 18 de octubre con su contundente y estrepitoso “basta de abusos y desigualdades”, que cuesta incluso definirlo. No sabemos si es ya suficiente llamarlo “Estallido Social”, como lo bautizamos al comienzo. Otros hablan de “explosión ciudadana”, y algunos simplemente de “crisis”.


Cualquiera sea la categoría sociológica que se dé a lo transcurrido, lo cierto es que han sido días, semanas y meses de alertas y de esperanzas. También de incertidumbres y temores, donde las emociones, los recuerdos de tantas batallas dadas que se terminaron desdibujando en derrotas, triunfos a medias y demasiadas cosas “en la medida de lo posible” -tantas que terminaron incluso desdibujando el uso de esa expresión-. En medio de estos convulsos días y de las reflexiones de las largas y calurosas noches del verano se han abierto espacios a la memoria de los ideales que no alcanzaron a llegar a convertirse en realidades; al recuerdo de los sueños que no se transformaron en vida, obligados a aterrizar en pragmáticas fórmulas de convivencia impuestas por distintos intereses, y recetas ajenas que inundaron por tantos años el alma de nuestra sociedad. Y lograron sumergirla en el mundo del consumo, la competencia y el individualismo.


En medio de todos esos vaivenes, el ánimo y la energía se tropiezan en las calles, con muros rayados, conciertos de música y voces en las plazas, comentarios y discusiones en las casas, universidades, oficinas y lugares de trabajo. El Ejecutivo mientras tanto ha perdido completamente su capacidad de serlo, y muy lejos de ejercer el arte de gobernar, solo se limita a reprimir y hacer uso de anacrónicas campañas de terror –copiando mecánicamente fórmulas de otros tiempos-, tratando de acallar lo que ya no se puede silenciar; buscando perseguir a los más jóvenes, quienes han demostrado que esta vez ya no tienen miedo.


En los espacios que compartimos en este país que ya no será el mismo de hace unos meses, hemos sido testigos de algunos hechos que -sin lugar a duda- pasarán a la historia como parte destacada de este octubre chileno. Todavía está por escribirse el relato de nuestra primavera-verano de movilización y protesta iniciada por los jóvenes, pero que supo interpretar el clamor de los mayores. Las injusticias del sistema saltaron a la vista y con ello el movimiento se hizo masivo y transversal a lo largo y ancho del país.


Y ahora, justo en medio de esta gran batalla cívica en la que estamos inmersos para lograr tener una Nueva Constitución que haga posible deshacernos de la camisa de fuerza que impuso la dictadura, podemos celebrar una primera gran victoria, una real: que el Congreso Nacional haya aprobado el mecanismo de paridad de género para la formación de la Comisión Constituyente que esperamos sea ciento por ciento ciudadana.


Como era de imaginar, el mecanismo aprobado ha tenido algunas “aclaraciones”, la infaltable “letra chica” que es importante tener en cuenta: no se aplicará la paridad –dijeron después de la votación- si la alternativa elegida es la Comisión Mixta. Tal vez porque el Parlamento que no alcanza a tener 50 congresistas se quedaría sin parlamentarias. O ¿será quizá el resultado de una secreta conversación para lograr el voto de las representantes de la derecha?, En tiempos de dudas como los porfiados hechos nos han enseñado a vivir, todas las preguntas caben.


Lo concreto es que habrá paridad solo si gana la alternativa “Convención Constituyente”, bautizada así por sugerencia de los mismos parlamentarios que hoy llaman al “Rechazo”, y aceptada por los desprolijos negociadores de la oposición. O, en otras palabras, de acuerdo al complejo mecanismo acordado, la representación femenina está asegurada solo si logramos triunfar con la alternativa “Convención Constituyente”.


Llegar a eso no fue fácil. Hay que reconocer el esfuerzo y la perseverancia de algunas parlamentarias y dirigentas políticas y de entidades de mujeres y de personas que desde las organizaciones sociales y académicas han apoyado esta causa. Entre esas, mención especial requiere el impacto del colectivo “Las Tesis”, cuyo creativo aporte es indiscutible.


Pero nada de esto es fruto de un solo instante. Ni siquiera de la movilización de estos meses o de la ola feminista de 2018. La mirada hay que volverla más atrás y rendir homenaje en este día a las notables luchas que las mujeres chilenas vienen dando desde principios del Siglo XIX.


En la hora de los recuerdos


Es momento de evocar a las sufragistas, a las escritoras, a las profesoras encabezadas por Amanda Labarca; a las primeras médicas que como Eloísa Díaz tenía que hacer clases detrás de un biombo; a Elena Caffarena, a Alicia Vera Gandulfo, primera mujer directora de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile en la sede Valparaíso; a Julieta Kirkwood y a tantas y tantas mujeres desconocidas, no registradas en la historia pero que fueron abriendo espacios en diferentes planos, tal como lo refleja la “Crónica del sufragio femenino en Chile”, de Diamela Eltit, con el diseño de Lotty Rossenfeld.


Marcha de Mujeres por la Vida, en Carlos Antúnez con Providencia, 1985. María Olivia Mönckeberg mojada por el carro lanzaaguas.


Es momento de alegrarnos profundamente. De emocionarnos y celebrar junto a las trabajadoras, a las profesionales, las artistas, las científicas, las humanistas, las feministas y las que no lo son, las mujeres cesantes, las campesinas, las vendedoras ambulantes y las feriantes, las pequeñas empresarias, las periodistas y tantas más… A las que han sufrido las desigualdades en sus trabajos o en sus remuneraciones. En forma muy especial es tiempo para compartir estos sentimientos con las jóvenes. Son días para celebrar con nuestras estudiantes y -desde luego- con nuestras hijas y nietas. Festejar porque la participación igualitaria de las mujeres en una instancia tan vital para el destino del país como el proceso constituyente es una señal de cambios profundos que no solo cumple un principio de justicia, sino que nos pone en la senda de lograr una democracia más plena y participativa.


En estos momentos de conmemoración de un 8 de marzo que rinde homenaje a las 146 trabajadoras que luchando por igualdad murieron quemadas en la fábrica Cotton Textile Factory, en Washington Square, Nueva York, es también oportuno considerar que en Chile hasta avanzado el siglo XX, las mujeres no tenían derecho a voto.


Recuerdo siendo niña pequeña cuando en 1952 mi mamá y mi abuela fueron por primera vez a votar en una elección presidencial. Lo comentaron muchas veces después y ya mayor lo conversé tantas veces también buscando razones y sinrazones. Porque aunque suene algo extraño a los jóvenes de hoy, yo nací en un país en el que las mujeres no tenían derecho a voto para elegir Presidente . Y solo un par de décadas antes, en el segundo gobierno de Arturo Alessandri Palma, una minoría -me contaban- había logrado participar en las elecciones municipales. La Constitución Política les limitaba los derechos cívicos. Y no solo eso, hasta hace muy pocos años, las mujeres estábamos sometidas al régimen de “patria potestad”, derivado del derecho romano que implicaba a las casadas obediencia al marido incluso en términos económicos.


Está claro que el mérito del logro de la paridad es atribuible a la movilización social y a la incansable presión ciudadana ejercida en estos meses, pero también a la larga historia de las luchas femeninas y feministas que arrancaron con vigor a partir del siglo XIX.


Y si se trata de traer a la memoria y rendir tributo a las mujeres chilenas que “se la han jugado” en estas lides, cómo no recordar a las que desde los primeros días tras el golpe militar, hicieron de la defensa de los derechos humanos una bandera inclaudicable que años más tarde nos permitió dejar atrás los horrores de la dictadura.


Sería injusto terminar estas líneas sin reconocer la labor de mis propias amigas y compañeras cercanas: de aquellas con las que en ese tiempo de oscuridad y en lo más vital de nuestros años, enfrentamos a los “guanacos” de entonces -aunque no eran tan monstruosamente grandes como los de hoy- y a nuestros propios “zorrillos”, al salir a marchar y protestar. El aporte de mis colegas periodistas que transformaron la censura en creatividad para permitir que la ciudadanía pudiera informarse.


Y cómo no mencionar a ese grupo de amigas, que motivadas por la defensa de los derechos humanos y la justicia, buscando libertad y democracia con un sentido unitario, hicimos nacer el movimiento “Mujeres por la Vida”, que agrupó a mujeres de todos los colores políticos de la oposición e independientes para generar movilizaciones y acciones de protesta en contra de la dictadura en esos oscuros días. Aunque resulte increíble hoy, logramos que el movimiento se expandiera por las regiones de Chile en esos años sin computadores ni celulares, correos electrónicos ni redes sociales para comunicarnos, y que nos imponían Estados de Sitio y castigaban con cárcel, relegaciones, amenazas y hasta muerte.


Felidor Contreras, María Olivia Monckeberg e Ignacio González Camus.


Con todas esas emociones y esos recuerdos, llamamos a marchar hoy, en este 8 de marzo tan especial. Lo hacemos por los derechos de las mujeres, por la igualdad de género, por la dignidad de todas y todos, y por lograr elaborar una Nueva Constitución que nos ayude a romper las amarras que nos impusieron en dictadura y cuyas consecuencias persisten hasta hoy. Así podremos construir un Nuevo Chile que deje atrás la concepción neoliberal y su Estado Subsidiario, reemplazándola por una que abra las puertas a un Estado Solidario que garantice los derechos humanos y sociales de quienes habitan este país. Que resguarde el bien común y no nos divida en ciudadanos de primera, segunda, tercera o cuarta clase.


Ese Nuevo Chile lo tenemos que construir entre todas y todos, sin levantar muros ni barreras entre quienes creemos en la necesidad de los cambios profundos que el país necesita.


María Olivia Monckeberg y José “Pepe” Carrasco Tapia disputando un lienzo con un efectivo policial.

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