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Los erráticos discursos del Gobierno

Columna de María Olivia Mönckeberg en El Desconcierto

5 de mayo de 2020


La energía verbal de Mañalich de este domingo se contrapuso con las palabras de Piñera del viernes anterior. De la "nueva normalidad" y del "retorno seguro" el ministro pasó a "la guerra" y, a "la gran batalla", mientras quedaban atrás también los triunfalistas cómputos que comparaban favorablemente el desempeño de Chile con otros países del continente y hasta del mundo.


A ratos lo que estamos viviendo parece una novela o quizá una obra de teatro más digna del realismo mágico que de la vida cotidiana. Confinados en nuestras casas sin ver siquiera a los hijos y nietos, transcurren los días de teletrabajo y reuniones a distancia, de pensamientos que van y vienen,  con la inquietud del no saber cómo y a dónde llegará todo esto.


Vivimos con esa extraña sensación que nos lleva a revisar nuestras vidas y la del país como en un flashback del cine, con recuerdos que asaltan y sensaciones que a ratos se hacen indescriptibles, con algo que se repite como eco por todos lados: incertidumbre.


Nunca hubiéramos soñado ser actores de esta trama, que día a día en términos sanitarios, parece ir de mal en peor.


Entre el desfile de personajes y frases para el bronce que hemos visto aparecer en las últimas semanas, una de las más fuertes la pronunció el propio Presidente de la República Sebastián Piñera, en la conmemoración del Día del Trabajador, el pasado sábado Primero de Mayo, cuando advirtió: “Tenemos que volver a poner en marcha nuestra sociedad, porque si nos quedamos acuarentenados vamos a tener una crisis social de desempleo”.


La frase de Piñera -con el neologismo incluido-, pronunciada desde el mismo Palacio de La Moneda, deja en evidencia la mayor preocupación presidencial. Su característica impaciencia de inversionista y apostador en grande lo hace pensar que lo primero es reactivar la economía, sin importarle demasiado los costos en vidas que la pandemia puede traer.


No se explica de otra manera el esfuerzo que ha puesto -asesorado seguramente por su equipo comunicacional- por inventar términos que buscan hacer salir a la gente a las calles a comprar y vender y hacer trámites para asumir una “nueva normalidad”, que solo duró dos días en cartelera, para ser reemplazada de inmediato por el “retorno seguro” a actividades laborales y educacionales. Ambas ideas fueron acompañadas por el instructivo que ordenó firmar a sus ministros de Interior Gonzalo Blumel y Hacienda Ignacio Briones, que llamaba a los empleados públicos a volver a sus trabajos presenciales.


Dueño de una de las grandes fortunas del país -como es ya sabido-, Piñera es mucho más un inversionista que un empresario. Un hombre con innegable mentalidad bursátil de vida. Y esta vez efectuó su osada apuesta respaldado por algunos grandes grupos económicos y por las confederaciones del gran empresariado que -como él- parecen más preocupados de sus ganancias -en dólares o en pesos- o de evitar pérdidas, que del profundo drama humano, sanitario y social que afecta al país.


En estos días y con el espacio que les otorgan los medios de comunicación tradicionales, sus voces se amplifican con esos mensajes en un solo sentido, sin considerar siquiera que las cosas se podrían hacer de otra manera, con un Estado más activo, como sucede en Europa en países asolados también por la pandemia.


Y aunque acá en Chile lo empiezan a plantear algunos economistas menos ortodoxos que ven que este no es un simple problema de oferta y demanda, sus planteamientos apenas logran llegar a algunos medios digitales. Pero las posibilidades de un debate real y profundo al respecto se ven truncadas con el funcionamiento apenas virtual del Congreso y la ausencia de medios de comunicación aptos para esa discusión ciudadana responsable y seria.


En contrapunto, sin embargo, hemos visto cómo los afanes de Piñera por “descuarentenarse” han chocado por estos días con los datos que su propio ministro de Salud, Jaime Mañalich, ha confesado en sus recuentos matinales. El sábado 2 anunció desde Osorno el triste record de contaminados con el coronavirus en el país que había alcanzado a 1.427 personas, lo que representó un alza de 47 por ciento respecto al día anterior. Y también señaló que los muertos registrados hasta este Primero de Mayo con diagnóstico de Corvid-19 alcanzaban a 13 en el día y la suma total llegaba a 247. La sombría cifra que se había escuchado solo en una oportunidad antes, en una mañana de mediados de abril, no se había vuelto a repetir hasta ese momento. No obstante, el domingo 3, nuevamente Mañalich, esa vez desde Viña del Mar, volvió a proclamar el deceso de otras 13 personas.


En total, 270 muertos en los dos meses desde que se declaró la presencia del coronavirus en Chile, contando que este lunes se agregaron otros 10 fallecidos a la fatal lista.


No sabemos si estamos llegando ya al anunciado “peak”, o a esa extraña “meseta” en altura de la que habló Mañalich. Pero sí se advierte al observar un simple gráfico que la curva epidemiológica muestra una aguda tendencia al alza. Los contagiados en Chile superaron ya con creces las 20 mil personas, y el maldito virus, como se temía, está afectando en forma agresiva a los mayores, y a los sectores social y económicamente más débiles.


En ese escenario, no poder ver y escudriñar las cifras, hospital por hospital, barrio por barrio, servicio por servicio, saber más sobre las personas que se han contaminado y las que han muerto; averiguar en documentos y estudios a los que no tenemos acceso, conversar con médicos, salubristas y entendidos en persona para conocer de verdad lo que está ocurriendo, provoca cierta impotencia. Más aún cuando vemos y observamos contradicciones evidentes en los dichos de los gobernantes.


El domingo pasado, el mismo ministro Mañalich, con un inusitado lenguaje bélico, advirtió que “nos encontramos en guerra”. Y habló de la “batalla de Santiago”, por ser la Región Metropolitana la más afectada hasta ahora por contagios y muertes. En esa ocasión, el titular de Salud volvió a cambiar de imagen para aludir a lo que se nos viene encima… Dejó atrás el énfasis en la “meseta” y optó por la metáfora “geológica” de que estaríamos sufriendo el embate de “distintas olas arriba de la meseta”, en las diferentes regiones del país.


Poco rato después, tras una reunión de emergencia de Piñera con el equipo del Ministerio de Salud en La Moneda, Mañalich volvió a efectuar otro anuncio, esta vez fuera de la pauta semanal: nuevas cuarentenas a partir de este martes para las comunas de Cerrillos, Quilicura, Recoleta y para la parte sur de Santiago, además de Antofagasta y Mejillones, las que se suman a las que ya estaban en confinamiento.


Pero, ¿qué está pasando en verdad? ¿Qué hay detrás de estas cifras y juegos verbales y comunicacionales que no alcanzan a durar dos días antes de ser sustituidos por otros, sin que la ciudadanía alcance siquiera a comprender su significado? ¿Quién está orquestando estas erráticas decisiones del Gobierno en medio de tantos vaivenes?


La energía verbal de Mañalich de este domingo se contrapuso con las palabras de Piñera del viernes anterior. De la “nueva normalidad” y del “retorno seguro” el ministro pasó a “la guerra” y, a “la gran batalla”, mientras quedaban atrás también los triunfalistas cómputos que comparaban favorablemente el desempeño de Chile con otros países del continente y hasta del mundo.


Entretanto, ese mismo fin de semana largo, miles de vehículos se “arrancaron” de la capital, las ferias libres se llenaban y hasta en los parques se divisaban grupos que convivían con pocas precauciones. Como si eso fuera poco, 400 jóvenes abarrotaron un recinto en Maipú –una de las comunas más contaminadas- en una fiesta nocturna que pretendía ser de “toque a toque”. Y otro “carrete” clandestino ocurría en el cerro Parque Huechuraba, según denunciaron vecinos al canal CNN, sin que carabineros tomaran cartas en el asunto.


Aunque no tengamos experiencia en pandemias, sí se puede deducir que las confusiones comunicacionales pueden provocar erráticas reacciones en la población. Y en buena parte es lo que ha estado ocurriendo en los últimos días. Lo grave del asunto es que esto puede estar alimentando el círculo vicioso de la enfermedad y sus consecuencias en los demás planos de la vida.


Las contradicciones del discurso -o mejor dicho de los discursos- del Gobierno, están creando un estado de ánimo que genera presiones e impulsos por romper las reglas sanitarias, agudizando con eso la crítica situación que se vive.


La apuesta de Piñera explicitada el Día del Trabajador puede ser especialmente peligrosa cuando las tardes de mayo nos anticipan -tenuemente por ahora- los fríos invernales. Pero a medida que transcurran los días, la situación podría complicarse.


Quizá eso se lo hicieron ver algunos de sus asesores, porque al anunciar ayer lunes el “bono invierno” -solo tres días después de aquella frase del Primero de Mayo- hizo un viraje en su propio mensaje al proclamar desde La Moneda: “Sin duda la pandemia del coronavirus es una amenaza formidable, un peligro gigantesco, un desafío enorme que tenemos que enfrentar. Frente a esta tremenda pandemia no hay ningún espacio para falsos triunfalismos, falsas confianzas, para bajar los brazos, porque todavía tenemos que seguir combatiendo a esta pandemia con toda la fuerza del mundo”.


En esta oportunidad el jefe de Estado agregó un nuevo término a su léxico: “La reflexión de alerta”, a la que llamó a todos los ciudadanos.


Como en el viejo dicho, cabría hacer la pregunta: ¿cómo andamos por casa, señor presidente? ¿No sería adecuado mayor reflexión en momentos tan serios para que la ciudadanía a la que convoca sepa realmente a qué atenerse?


María Olivia Mönckeberg es Premio Nacional de Periodismo 2009, profesora titular de la Universidad de Chile y presidenta del Partido Por la Dignidad.

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