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El sueño de la razón

Columna de Diego Muñoz Valenzuela, ingeniero, escritor y miembro de la directiva del Partido por la Dignidad en El Desconcierto.



Me resuenan nuevamente los ecos de Goya y Gramsci. Solo a un monstruo le pueden resultar indiferentes los sufrimientos de un pueblo amenazado tanto por la pandemia como por sus devastadores efectos: cesantía, carencias de toda clase, falta de acceso a una salud efectiva. ¿Qué criatura puede salir a recorrer la ciudad para darse placer mientras los pobres llevan la peor parte de la crisis, como ha mostrado nuestra historia?



“El sueño de la razón produce monstruos”, es el título que Francisco de Goya y Lucientes -el gran pintor español y universal- puso, a fines del siglo XVIII, a una serie de grabados donde revela su maestría artística y su exquisita sensibilidad social. Goya utiliza las visiones de los sueños para asentar su aguda y penetrante crítica, que puede encontrarse en toda su obra. Ahora, tras dos siglos y dos décadas de su creación, evoco esa imagen y ese título, cuando realidad e imaginación parecen converger en una difusa pesadilla en tonos de gris, como su grabado.


Y medito en lo que habrá querido transmitir en su momento y en lo que podría significar para nosotros tras tantísimos años, aunque vengan a ser un instante en la historia de la humanidad, irreversiblemente condenada a repetir sus capítulos más dramáticos y crueles.


Cuando contemplo esas crudas imágenes de ecuatorianos desplomándose en las calles de Guayaquil, no puedo sino estremecerme de horror. Cadáveres convertidos en piras, quemándose como si fuesen mera basura. Millares de muertos en España, la gloriosa cuna de Goya y tantísimos artistas e intelectuales que han hecho destellar la cultura universal. Miles y miles en Italia, Estados Unidos y por todo el mundo. Hospitales, morgues, funerarias repletas de cuerpos y ataúdes. ¿Qué clase de mundo vivimos? ¿Cómo llegamos a tal estado de cosas? ¿De qué valen el progreso económico y tecnológico en tan terribles circunstancias?


En sus Cuadernos de la cárcel, dice Antonio Gramsci, pensador y político italiano: “El viejo mundo muere, el nuevo mundo tarda en aparecer y en este claroscuro surgen los monstruos”.


Esta cita me sacudió cuando la leí por primera vez, sumido en la ola represiva de mediados de los 70, cuando los servicios de inteligencia y la policía secreta y uniformada nos cazaban como a conejos. Ahí la frase adquirió pleno sentido para quien era yo en ese entonces: un estudiante antifascista luchando en la clandestinidad junto con otros miles de jóvenes. El mismo entorno que vivió Gramsci: el auge del fascismo italiano bajo la férrea dirección del “Duce” Mussolini, una tiranía cruel y brutal como la de Pinochet.


Mucho antes del golpe militar en Chile, los horrores de las dictaduras me provocaron una especie de maligna fascinación intelectual, tal vez como la mirada hipnótica de una serpiente. Quería descubrir cuál era la razón por la que un ser humano podía llegar a adherir a una causa tan sangrienta e inmoral como el nazismo o el fascismo, o cualquier otra tiranía similar. ¿Cómo podían aceptarse la tortura, el genocidio, la industria de la muerte, la existencia de un aparato represivo secreto y omnímodo, apoyado en un férreo control de los medios de comunicación? Recorrí muchos textos en busca de respuestas, entre ellos sobresalió uno que considero fundamental: El miedo a la libertad de Erich Fromm, profundo e inquietante.


No encontré respuestas definitivas a mis preguntas. Tanta crueldad no tiene justificación. Quizás haya que resignarse a la idea de que los seres de nuestra especie contenemos una variedad de emociones y sentimientos que recorren todo el rango, desde los valores más sagrados hasta las peores iniquidades. Sobre esto he escrito desde el principio de mi oficio y creo que -aunque aborde temas en apariencia lejanos- siempre voy en búsqueda de una esencia que pudiera aclarar esta dialéctica tan pavorosa como sorprendente, que genera momentos en que el horror total puede tomar el control de nuestra sociedad.


Comprimiendo al máximo nuestra historia, cuando tras sucesivos avances y retrocesos que tuvieron un enorme costo, en esfuerzos y vidas, las luchas populares de un siglo completo condujeron al triunfo de Salvador Allende en 1970, el horror institucional salió a la calle para exterminar a los partidos obreros y revolucionarios, a las instituciones republicanas, a los pensadores disidentes.

Los monstruos salieron a la calle

, siguiendo el decir de Antonio Gramsci, y empleando la conocida mano de hierro de la dictadura se pudo establecer un orden neoliberal, experimento extremo de los Chicago Boys.


Se vivieron entonces diecisiete años de abusos, manejos, ventas o transferencias fraudulentas, enriquecimiento ilícito, indignidad para los pobres.


Y después, ya en democracia y muy a nuestro pesar, si bien hubo avances en diversas materias, se continuó administrando para los intereses de los privilegiados. Así se dieron las condiciones para la creación de mayores fortunas, acuerdos espurios, constitución de oligopolios y cuanta martingala estuviera a mano para lograr el objetivo de enriquecerse hasta el paroxismo. El resultado está a la vista: una sociedad brutalmente desigual, donde unos pocos son dueños prácticamente de todo el país. Una sociedad en la que el abuso se encuentra institucionalizado.


Este orden de cosas causó el estallido social del 18 de octubre, el que solo la pandemia del Coronavirus, con su amenazante carga de enfermedad y muerte ha podido -transitoriamente claro está- tranquilizar.


En este contexto, no puede sino resultar indignante que el primer mandatario, aprovechando la cuarentena que rige la comuna, vaya a sacarse una foto a la Plaza de la Dignidad.


¿Qué puede justificar esta acción? ¿Darse un gusto? ¿Satisfacer un capricho de multimillonario poderoso? ¿O simplemente dar rienda suelta -como acostumbra- al impulso atávico, ancestral, del demonio que lo habita?


Aquí me resuenan nuevamente los ecos de Goya y Gramsci. Solo a un monstruo le pueden resultar indiferentes los sufrimientos de un pueblo amenazado tanto por la pandemia como por sus devastadores efectos: cesantía, carencias de toda clase, falta de acceso a una salud efectiva. ¿Qué criatura puede salir a recorrer la ciudad para darse placer mientras los pobres llevan la peor parte de la crisis, como ha mostrado nuestra historia?


Encuentro más preguntas que respuestas. Y una sola convicción: este momento duro pasará, y todos, sin excepción, deberemos dar cuenta de nuestro comportamiento y actitud en la encrucijada. Pero en especial tendrán que hacerlo quienes hayan revelado conductas propias de la turbiedad y perversión de los monstruos y pesadillas de Goya y de Gramsci.

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